DE DONDE VENGO”, EL RELATO GANADOR DEL CONCURSO “SOY DE VENADO”

En el marco del 134º aniversario de Venado Tuerto, la Dirección de Cultura a través del área Literatura organizó el concurso de narrativa “Soy de Venado”, para relatos breves, donde participaron residentes en la ciudad sin límite de edad.
El relato ganador se llama "De donde vengo", escrito por Eva Ricart; el segundo lugar fue para María Esther Yatall, por “Las voces ardientes de la tierra”; y el tercer premio correspondió a Elba Ponce de Klein, por “Arreo fantasma”.

La ceremonia de premiación de este concurso se efectuó el pasado 25 de abril en el Teatro Ideal, durante la Noche de Gala por el aniversario de la ciudad.


“De donde vengo” (Eva Ricart)
De donde vengo el horizonte siempre está prendido fuego, lejano, incendiado de molinos y trigo verde. De donde vengo el sol se pierde por los baldíos que acurrucan niños y se enredan los rayos de las bicicletas en la atmósfera esponjosa de los vagones de trenes ya inexistentes.
De donde vengo el crepúsculo es un blanco incandescente violeta de humedades, desierto de puentes tendidos en el tiempo donde todos los recuerdos regresan para rasgar la tarde. Detrás de los contornos celestes que dibujan las golondrinas en pleno vuelo: el cielo eterno y los cables de electricidad enmarañados.
De donde vengo la vista es infinita, infinitamente verde, infinita alfombra de sutil verde. Planicie de yuyos recortada por verticales de troncos vetustos traídos en barcos por los parientes. Entrevero desordenado de paisajes desiertos y muchedumbre de razas en plena Pampa.
De donde vengo los ojos pueden descansar sin abruptas interrupciones, las pupilas pueden tirarse a reposar sobre la grava a dilatar la siesta bajo la parra de los abuelos. Monotonía de calle de barrio de domingo por la tarde, cuenca fértil para el libre albedrío.
De donde vengo la geografía es austera, limitada, llana, acotada en recovecos, carente de elevaciones, cubierta de charcos, lagunas mentales, imperfecciones de ríos subterráneos, sauzales desolados, plazas, casas, un par de vías, calles de barro y cabecitas negras.
La cartografía de lo que mis ojos alguna vez vieron; el terreno que curtió mis labios y surcó mis curvas invita a imaginar, invita a perseguir a la indiada al otro lado de la vía y cruzar los canales para cazar ranas en las cunetas y armar chozas en las veredas mientras los padres duermen y el regador se convierte en el único aliado de los niños.
De dónde vengo el horizonte siempre está detrás del viento zonda, despeinado de ayeres, fabricando alas a los hijos de la planicie, impidiéndole perder de vista al poblador la línea irregular del más allá, qué está ahí nomás, adelante, un poquito más adelante, a unos cuantos metros, a unos pocos pasos, tan cercano que ya casi se puede tocar piloteando barquitos en medias de lana y pijama entre escarchas y mate cocido.
Se ve, está allá.
El horizonte estalla tan claro y lúcido que casi se puede tocar…
De donde vengo el horizonte se puede tocar rozando la llanura del tiempo, engañando al presente, arando la memoria con patios de frutales y gallineros al fondo del terreno. Para que gane nitidez la línea infinita de paraísos, se abandona el pensamiento al ritmo mismo de la aceleración de la tierra mientras tanto se corta leña, se amasa pan, se cambian pañales, se podan árboles, se plantan flores, se riegan canteros y sueños.
De donde vengo el horizonte siempre está detrás del terruño heredado de las lechuzas, de espaldas a la planicie donde corren los venados que inventan la pradera desierta y la luna es acunada por los tapiales y los potreros.
Se intuye dónde mora el horizonte detrás de la palestra de aullidos y el cielo abierto deja todo por hacerse.
Tal vez sea ese lugar tan lejano e incendiado de donde vengo el que hace que acarreé esta mirada de animal perdido de campo, de puma en cautiverio que aterra a los peregrinos guiñándole un ojo.
Vengo del horizonte.