205º Aniversario de la Batalla de Salta
“LA VIDA ES NADA SI LA LIBERTAD SE PIERDE”


Manuel Belgrano
El 20 de febrero de 1813 el General Manuel Belgrano conduciendo el Ejército del Norte obtuvo una resonante victoria sobre los realistas en la Provincia de Salta, más precisamente en Campo Castañares, hoy zona norte de la ciudad de Salta. Lo acompañaba como segundo jefe el General Eustoquio Díaz Vélez.
Así fue que el Brigadier Juan Pío Tristán tuvo que soportar su segunda derrota poco después de la recibida en Tucumán, en septiembre de 1812.
Esto permitió que el gobierno de la revolución garantizara el control de gran parte del antiguo Virreinato del Río de la Plata, asegurando así el dominio de la región.
Concluido el combate, se presentó ante Belgrano el coronel realista Felipe de La Hera, para comunicar la rendición de su ejército. Después de oírle atentamente, Belgrano le espetó: “Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana, y que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación. Que él haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos ocupados por sus tropas; que, por mi parte, voy a mandar que se haga lo mismo en todos los que ocupan las mías”, dice Paz en sus Memorias.
La Hera no podía creer. Ellos, los realistas, que habían cometido toda clase de tropelías en el Alto Perú, ahora, después de la derrota, eran tratados con consideración y respeto. Estaba sorprendido, pues esperaba una reacción similar a Suipacha, con abusos y crueldades.
En la tarde de ese día “quedaron compuestas las paces” -dice Frías-, firmándolas Belgrano en el campo de la Tablada, a quien llamó en adelante “Campo del Honor”; y Tristán a la noche de ese mismo día, con sus oficiales”.
Por lo acordado, el ejército real saldría el 21 de febrero a rendirse en el mismo campo donde había luchado, jurando no volver a levantarse en armas contra las Provincias Unidas. Y más aún, sus hombres quedaban libres. Esa noche del 20, los dos ejércitos permanecieron en los lugares donde los había encontrado el alto al fuego. Y así amanecieron el 21, mientras continuaba lloviendo.

Ya cerca de las 10 de la mañana -cuenta Frías-, el ejército real con todos sus soldados y el general, se encaminaron a las afueras de la ciudad, que por el norte quedaba a dos cuadras de la plaza Mayor (9 de Julio). Llevaban banderas replegadas, armas al hombro, la artillería rodando y la caballería con sables desenvainados; los jefes a la cabeza y batiendo marcha de tambores. Iban a rendirse...”.
En tanto, el Ejército del Norte esperaba a los realistas en el sitio que hoy ocupa la plaza Belgrano, al norte del canal de Tineo, y donde comenzaba el campo de Castañares. Al llegar los realistas, estos echaron sus armas a tierra, bajaron estandartes y el emblema español fue dejado al pie de la bandera del Juramento que sostenía Belgrano.
Al fin -sigue Frías-, “…fue el turno del general del rey. Tristán apeóse del caballo y avanzó hacia Belgrano para entregar su espada, pero cuando hizo el ademán, Belgrano le extendió los brazos y se confundieron en un prolongado abrazo...” Mientras tanto, niños, hombres y mujeres, de a pie y a caballo, miraban juntos a la tropa, los detalles de tan emotiva ceremonia. Después, los vencidos se encaminaron en tropel hacia la ciudad para guarecerse en sus cuarteles, pero esta ya estaba ocupada por los patriotas. Es que mientras ellos se rendían, Superí con sus tropas ocupaba los edificios.
Luego ingresó a la ciudad el general Belgrano con su ejército. Lo hizo por la calle de la Merced (20 de Febrero), dobló hacia el naciente por la del Yocci (España), hasta la plaza Mayor. Lo seguía la banda de música y mostraba “un semblante grave y tranquilo”, dice Frías.
Con la bandera nacional iba el coronel Rodríguez, quien la subió al Cabildo tras dar vivas a la Patria, mientras las campanas de la ciudad echaban a vuelo. Pasado el festejo, Belgrano dispuso que los muertos, de uno y otro bando, fueran sepultados en una misma fosa. Luego, se agradeció a Dios la victoria cantando el Tedeum en la iglesia de San Francisco, por hallarse la catedral (iglesia de los Jesuitas), cubierta de sangre y heridos, despojos de la batalla.
En la batalla de Salta se desplegó por primera vez en combate la bandera celeste y blanca creada por Belgrano, “la cual según su profético deseo de hacía un año, estaba reservada para aparecer cubriendo las tropas de la independencia el día de la gran victoria “.